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Nuestro Rector Cuando en 2008 celebramos los 30 años de rectorado de José Guillermo García-Valdecasas, el Duque del Infantado puso por escrito lo que todos los colegiales sabían y sentían: que el Colegio había florecido en todos los sentidos durante este tiempo, y que al Rector había que agradecer la restauración patrimonial y arquitectónica, la consolidación académica y la entrada en el nuevo siglo no ya a la altura, sino en la vanguardia de los tiempos. Aquí no hace falta repetirlo, ni tampoco cubrir de lisonjas a quien no gusta de ellas. Pero sí quiero recordar, con la distancia de algunos años, algunas de las otras cosas que los colegiales de mi promoción agradecemos al Rector. Son quizá menos espectaculares, pero para nosotros tan importantes como las que el público conoce. Cuando le conocimos en San Clemente de 2005, nos dio una bienvenida escueta, y se despidió diciéndonos: "Vds. esfuércense en aprovechar el tiempo. Por mi parte, haré todo lo que esté en mi mano para que tengan unos años felices". Luego caeríamos en que el Rector no empeñaba su palabra a la ligera, aunque el tono fuera ligero. Lo cumplió igual que lo dijo, sin solemnidad impostada, con seriedad y sencillez. Se preocupó de que fuéramos conociendo la Casa y su historia poco a poco. Cuidó de que el transcurrir de los dos años de colegio fueran marcadas por hitos que pudiéramos recordar como momentos vividos y únicos: la visita a la biblioteca antigua, el juramento al imponer la beca, la lectura de las tesis. Organizó muchas cosas que se agolpan al enumerarlas, pero que fueron fluyendo una tras otra como siguiendo su curso natural sin que nos diéramos casi cuenta: idas a la ópera; visitas a las propiedades albornocianas en el campo; algunos conciertos y festejos en el propio Colegio en los que cuidaba discretamente de que todo encajara hasta el mínimo detalle; y un viaje a Roma que nunca olvidaremos. Otros textos y fotos de esta página web dan cuenta de cómo lo vivimos. Nos hizo vibrar en conversaciones que nunca habríamos pensado que iban a interesarnos: la arquitectura del siglo XIV, la música renacentista (hasta el más negado acababa cantando el Cancionero en Palacio), algunas cuestiones de química (y la receta de la mejor sangría del mundo), el flamenco, la Celestina y Keyserling, el teatro de Tirso, los tipos de alfombras o de aceitunas, me vienen a la mente ahora como la punta del iceberg. Nos trató de transmitir todo lo que creía que mereciera la pena saber y pensar. A veces discutíamos, y ojalá todos supiéramos aplicar su idea de que "tengo muchos prejuicios, pero también capacidad de prescindir de ellos cuando hace falta". Nos hizo sentir que principios tan abstractos como el honor, la amistad, la independencia y el amor pueden tornarse tan sólidos, tan concretos y reales como los ladrillos antiguos y las personas que van entrando en la propia vida. Con el tiempo supimos que le caímos bien y que todo lo hizo con gusto. Y la verdad es que todos lo pasamos maravillosamente bien. Pero sabemos también que lo habría hecho igual aun si no le hubiéramos caído simpáticos. Que lo hizo porque es deber fundamental del Rector formar a los colegiales. Y que esto no sólo se hace administrando la Casa, sino también transmitiendo a cada uno toda la carga intelectual, estética y moral que parte de Albornoz y llega acrecentada hasta hoy. Sabemos que a ello ha dedicado años enteros, quizá "sin pérdida de su luz", pero sí quemando mucho tiempo, mucho esfuerzo en comprender a colegiales siempre distintos, mucha imaginación en evitar que la tradición fuera rutina y lo antiguo viejo. Y que lo ha hecho con ánimo, eficacia, alegría, y con total gratuidad. Y a nosotros sólo cabe transmitir esta gratuidad a los que vengan, y agradecérsela a él. Gracias, Rector.
Miguel Herrero de Jáuregui
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