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La vida en el Real Colegio de España

 

            Se hace difícil describir la vida cotidiana en el Colegio, porque aquí lo normal es precisamente lo extraordinario. Uno comprende esto cuando nada más abrir los ojos por la mañana lo primero que ve son los arbotantes góticos que sostienen la bóveda de su celda. Aquí se duerme bien, muy bien, gracias al silencio, la soledad y los colchones especialmente diseñados para la Casa.        

En la sala que los colegiales llaman en italiano “della prima colazione” le espera a uno un sabroso desayuno de tostadas, leche y café. Es el lugar idóneo para comentar las “jugadas” pasadas o venideras.

            Las mañanas son el momento más académico. Los colegiales se ponen manos a la obra con sus tesis o acuden a la facultad, a algún seminario o a encontrarse con sus directores. Aunque, seamos sinceros, esto no siempre es así.

            A la 13:15 suena la primera campanada avisando para la comida. Tiempo suficiente para que quien se haya despistado pueda encorbatarse. Chaqueta y corbata es lo mínimo que la categoría del Colegio exige, en realidad uno mismo llega a comprender esto y a valorarlo durante su estancia en esta Casa.

            A la 13:30 suena la segunda campanada, para entonces ya todos los colegiales nos encontramos ante la puerta del comedor esperando a que el rector salga de su despacho. Don Gil concibió el Colegio para vivir en él como príncipes y uno de los puntos más importantes es precisamente el de la comida. De lujo, inefable, exquisita, sabrosa, única, cualquier calificativo será insuficiente para describir los manjares de los que disfrutará el colegial durante dos años. Tras bendecir la mesa con la oración que el mismo rector García Valdecasas compuso, se disfruta de un primer plato compuesto de pasta o arroz, un segundo plato de carne o pescado acompañado de ensalada, fruta y, los lunes y jueves, de un postre especial realmente delicioso.

          Tras la comida pasamos al salottino, de donde le viene el nombre a las charlas y conversaciones que el rector y los colegiales mantienen mientras toman una taza o dos del mejor café. Sin duda este es uno de los momentos más especiales de la vida colegial.

El encuentro de personas procedentes de distintos ámbitos del saber, con intereses y gustos diferentes enriquece a todo aquel que tiene el  privilegio y el placer de pasar sus días en el Colegio que fundara Don Gil. Aquí se aprende, aquí se debate, aquí se engrandece el alma siempre con respeto, inteligencia y amor. Fe de ello pudieron dar Nebrija, Sepúlveda, Antonio Agustín y otros insignes bolonios.

         La tarde es el momento colegial por excelencia. ¿Cuánto puede hacerse en esta antiquísima ciudad no en vano elegida por nuestro padre fundador para construir su colegio? Visitar museos, estudiar sus iglesias, contemplar los paisajes, disfrutar de un sangiovese con un aperitivo o sabroso chocolate boloñés, asistir a un espectáculo, jugar un partido de fútbol con amigos italianos o una simple partida de cartas son algunas de las actividades que hacen más intensa la vida de los colegiales a su paso por Bolonia

        Tras la cena, que comienza a las 20:00, una atmósfera especial envuelve el Colegio. Cuando no hay alguna otra actividad (como un concierto en el cortile o una sesión de ópera en el magnífico Teatro Comunale de Bolonia),

puede haber un salottino nocturno en el que el rector y los colegiales hablan, tocan la guitarra o el piano, y  entonan deliciosas canciones del antiguo cancionero de palacio. Todo ello acompañado de un magnífico whisky, un ron añejo o algún otro licor.

 

 

Enrique J. Vercher García

Filología Hispánica y Filología Eslava