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Ultimas restauraciones en el Real Colegio

  

Dos años de grandes obras

 

Hasta 1997 las condiciones económicas del Colegio no propiciaron más restau­raciones importantes que la del refec­to­rio renacentista - con el hallazgo de sus frescos o encáusticas - y la nueva solería del patio (de baldosas cuadradas como las de 1524 que no pudo reno­var el Rector Rodríguez de Laso en 1802 por falta de cau­da­les). La restauración de la portada en 1988, la de la Casa de Cer­van­tes al año siguiente o la del mediocre “fondale” no aportaron ningún cambio sustancial a la imagen del Cole­gio. Pero en los últimos años éste ha sido objeto de inter­ven­cio­nes muy profundas. Creo obligado dar cuenta de ellas a quienes con razón lo tienen por suyo: los bolonios.

Como era forzoso en casa de Don Gil, se dio prioridad a la restauración de la ca­pi­lla, tarea ingente aplazada desde el siglo XVI[1] y concluida a finales de 1999 con el inesperado re-descu­bri­miento de los fres­cos de Andrea de Bartoldi[2] (figs. 1– 3).

Fig.1 Andrea de Bartoldi, 1367 ca.

Fig.2 Natividad (detalle)

Fig.3 Cortejo (detalle)

 Mientras tanto se hicieron el gimnasio y otras obras menos visibles, como el nue­vo sótano de servicio y todas las insta­la­cio­nes hidráulicas, eléctricas, informáti­cas y de se­gu­­ridad.

El 1999 también fue el año de las nervaduras de ambos claustros y los mu­ros del inferior, el fresco de Biagio Pupini (fig. 4) y los escudos modernos de la galería, los te­ja­dos y fres­cos exteriores de las alas Norte y Oeste (fig. 5) y la fachada del pór­ti­co rena­cen­tista.

Fig.4 Biagio Pupini, 1528

Fig.5 Tejado, medallones y capiteles

En este año 2000 durante la Pascua Florida se quitó el enlucido externo de las ar­cadas inferiores del patio, lo cual – como pronto veremos - despeja el viejo enig­ma de la esquina cubierta sobre el pozo antiguo. Después, acabado el curso, se han rehecho los tejados y frescos exteriores restantes. En enero del 2001, cuando el Colegio vuelva a abrir sus puertas, aún sorprenderá más ver descu­bier­­tos los mu­ros de la entrada y del claustro superior, su solería nueva, las de­co­raciones de la bóveda de la portería... y, sobre todo, la ausencia de para­pe­tos.

Algo convendrá decir de estas últimas novedades.

  

Los muros de ladrillo visto

 

Es del todo se­guro que el claustro se concibió y construyó sin enlu­cidos: al qui­tár­selos aparecen el estucado original de las llagas, la huella de dos escudos y algu­nas inscripciones difícilmente legi­bles. También se hallaron muchas ro­zas mo­der­nas, tiros de chimenea viejos y costuro­nes del muro que se han sana­do con ladrillos antiguos (fig. 6). 

Fig.6 Sin enlucido

Quien eche en falta ciertos ornatos pictóricos mencionados en los documentos co­le­giales quizá imagine que se han destruido en esta res­tau­ra­ción. No es así. En el enlucido de los paramentos no se ha encontrado resto al­guno de deco­ra­ciones. Tanto en la fachada del patio – donde parecía previsible hallar algún frag­mento de Carracci – como en los muros de la galería, la búsque­da ha sido in­fruc­tuosa. El revoco antiguo ya se había reno­vado, sin duda por el irre­pa­rable dete­rio­ro de tales frescos o temples [3]. No cabe decir lo mismo de las bóvedas: por ejem­plo, en la de la Cámara Real hay restos ilegibles de medallones o escu­dos. La del des­pa­cho rectoral tiene una triste y maltre­cha decoración ar­qui­tec­tóni­ca (que descubrí y fijé... para final­mente encalarla cuando el aná­lisis químico delató sus pigmentos industriales) bajo la cual parece hallar­se un fresco más antiguo, y quizá debajo de éste aún haya otro. Siempre cabe aco­me­ter su búsqueda: en justicia, algo deberán sufrir también los rectores veni­deros. 

 

El cantón achaflanado

 

En un patio perfectamente simétrico, la excepción de una esquina cubierta por un arco diagonal forzosamente debía promover variadas cábalas. Se ha dicho y re­petido que su función era prolongar el tejado para descarga de la nieve en el pozo: ocurrencia irreflexiva, porque ni permite tal cosa – de hecho la impi­de, según he comprobado -, ni tendría sentido arrojar la nieve a lo que no es aljibe ni nevera sino pozo verdadero. Yo mis­mo aventuré una posible relación con la obli­ga­toria “hora al poste” de nuestros antiguos profesores. Y es probable que se le diera tal uso, como atestigua su adopción en algún colegio ita­liano inspi­rado en éste que ha constatado M. Kiene. Pero la esquina no se ochavó para eso.

Siempre debimos recelar del arco anómalo. Su construcción es muy distinta de la medieval: los ladrillos de la arquivolta más gruesos y cortos, la moldura redon­dea­da y los imperfectísimos ingletes denotan otra época menos gloriosa que la de Don Gil. Por si fuera poco, no estuvo origi­na­ria­men­te techado: bajo el alero, que aquí se prolonga por un posterior añadido, aún puede verse una solería de terra­za y el pequeño desa­güe que asoma al patio. Pero nada de esto bastaba para adi­vinar su función. En cambio ahora, sin la cómplice cober­tu­ra del revoco, se hace evidente. Debajo de ese arco el muro antiguo se picó a las bravas para encajarle otro igual (fig. 7).

Fig.7 Huella del otro arco postizo

Así pues, el que vemos es el supérstite de dos que formaban un paso oblicuo. Su finalidad fue dejar en la galería una an­te­cá­ma­ra de res­peto ante las dos puertas contiguas del actual comedor (hoy una ta­pia­­da), que enton­ces daban a sendas habita­cio­nes del recto­ra­do. Nuestros do­cu­­mentos aluden reite­ra­da­mente a tal “antepuerta”[4]. Aún se ve dónde en­cas­­tra­ban los tabiques en el fus­te de la columna. Dios perdone al Rector que así maltrató la obra de Don Gil.

¿Cuándo se construyó ese postizo? En 1630 Juan Malo de Briones, al des­cribir el patio con la decoración “del gran pintor Carraza”, relaciona dieciséis re­tra­tos en el claustro inferior (hoy todos perdidos), pero sólo catorce en el supe­rior: de Antonio de Leiva pasa a Trajano, pinturas ahora recién res­tau­radas. Si ya faltaban las correspondientes a las enjutas del án­gulo donde se puso el arco nuevo, quizá éste había destruido dos de los medallo­nes de Carracci, quien no habría dejado de de­co­­rar la arcada (como se hizo algo después[5]). El hecho de que en el primer orden Malo viera dieciséis efigies hace pen­sar que para entonces ya había des­aparecido el arco inferior; también pudo arre­glarse el estropicio abajo y no arriba, que reque­ri­ría un andamio mucho más cos­toso. De ser así, la esquina del pozo se habría cubierto entre la fecha pre­sun­ta de los medallones (1585 según dicen, aun­que lo pongo en duda) y 1630. Pero el caso es que el Liber Decretorum (vols. I y II) no recoge ni ese encargo pictórico ni esa intromisión arquitectónica.

 

Adiós a los parapetos

 

También nos hemos preguntado no pocas veces cómo pudieron hacerse las co­lum­nas de la galería con sus basas labradas para luego enterrarlas en atroces parapetos. Hoy la respuesta es obvia: las columnas estuvieron exentas hasta que alguien tuvo la desdichada idea de unirlas con un grueso pretil (fig. 8).

Fig.8 Sin parapetos

Esta construcción había sido dañada irremediablemente. Primero, por los boque­tes redondos, pues en su origen sólo tuvo los romboidales; después, por la parcial demolición que se hizo en el siglo XVIII y se aumentó en el XX para dar cabida a la caja de los toldos.

Aún así, quitar los parapetos ha representado lustros de angustiosas vacila­cio­nes y al fin el vértigo de una decisión muy arriesgada. Para colmo de incerti­dumbres, estu­vo a punto de salvarlos la datación de los ladrillos por termo-lumi­niscencia (1480 ca.). Sólo al desmontar la obra ha po­di­­do comprobarse que son recu­pe­ra­dos: si bien aquí se juntaron con mortero de cal, muchos muestran hue­llas de un revoco de yeso, y no faltan algu­nos con res­tos de cera roja que indu­dable­mente sirvieron antes de solería.

La cierta ferocidad de esos baluartes con troneras me invita a pensar en el intré­pido rector Diego de Gasque (1564), el mismo que hizo el pórtico de entrada con el arquitecto Antonio Terri­bi­lia (y que defendió a cintarazos las prerrogativas del Colegio en la Universidad). Pero probablemente se hicieron mucho después: sólo parece seguro que fue antes de 1744. La ingrata lectura de los dos primeros li­bros de decretos colegiales (desde 1566 a 1632) no arroja luz sobre su origen.

 

Por último, una curiosidad: no hay indicio alguno de barandillas entre las colum­nas. Ni en sus fustes, ni en el suelo. Algo ha­brá que poner, y por fuerza será muy criticable en nombre de la historia y de la estética. Pero, mientras la ley de la gra­ve­dad siga en vigor, no parece más plausible convertir esta Casa en despeñadero de doc­tores.

 

La solería del claustro superior

 

Suerte inesperada ha sido hallar debajo de los pretiles la correspondiente franja de la solería sobre la cual se construyeron. A fin de cuentas, han servido para conservarnos ese testimonio. Salvo en el lado de la capi­lla, donde só­lo aparecen toscos ladrillos al hilo, es un pavimento de baldosas dispuestas en espiga que ciertamente no eran recuperadas (fig. 9).

Fig.9 Resto y huella de la solería original

La datación por termo-luminiscencia las ha fechado en 1411 con un margen de 45 años más o menos. Demos la resta por segura: 1411 –45 = 1366, segundo y penúltimo año de la construcción del edificio.

Además, en los cuatro lados de la galería, debajo de las losetas de gres rojo que pu­so el Rector Carrasco (ceramica ligure – ponzano magra se lee al dorso) y gra­cias a su delgadez, se ha conservado casi incólume la huella del anti­guo pavi­men­to. Su espiga coincide exactamente con la de la muestra protegida por los pretiles tanto en el lado norte como en el sur (o del jardín). No así en el oeste, donde apa­re­ce algo despla­za­da. Quiere decirse que aquí la solería se renovó cuando ya exis­tían los parapetos. Probable­men­te fue en 1744, con la reforma de las escaleras.

Debajo de esa huella de las baldosas antiguas corren unas vigas de roble con an­cla­jes de hierro en los extremos que atraviesan las basas de las colum­nas y aso­man al exterior. Dos se conservan sanas en el lado de la capilla, y otras dos en el de la calle (una aparece quemada al pie de la tercera columna desde la escalera y con escorias de metal: qui­zá la in­cendió inadvertidamente el herrero de la crista­lera). Las demás resul­tan deshechas o suprimidas, y se han suplido con tirantas de acero inox­i­da­ble (carísimo, pero con un milenio de duración presunta). Allí don­de se re­ti­ra­ron falta a veces la huella de la so­lería: hubo que levan­tar las bal­do­sas, y ya no se aplicaron con el mismo apa­re­jo. Como en el lado de la capilla no es así, quie­re decirse que el pavimento se rehizo des­pués de quitarlas (fig. 10).

Fig.10 Impronta de solería y tiranta

La traza de la solería antigua muestra defectos y errores: si la espiga corre en sentido longitudinal del lado de la capilla y del jardín - en éste con muy tor­ci­da ali­nea­ción –, en el de la escalera y el de la calle se orienta transversalmente. Aún así, duele taparla con un nuevo pavimento. Es­te es de baldosas hechas a mano en España (y lijadas una a una antes de cocerlas durante cua­tro días) del mismo largo y ancho, pero con tres cen­tímetros de grosor en vez de cinco, lo que ha per­mi­tido cubrir aquella im­pron­ta sin dañarla. Tam­bién se ha dispuesto en espiga, aunque sin repro­­­ducir todas las im­per­fec­ciones del modelo. Por otra parte, las con­venientes juntas de dilatación obligan a cortar cada cierto trecho el dibujo. Confiemos en que, a fuerza de cera, pronto cobre la dignidad propia de esta casa. Es cosa de esperar apenas medio siglo (fig. 11 ).

Fig.11 El primer pavimento y el último 

 

Chismes de portería      

  

Las últimas restauraciones afectan a la portería y la entrada. En ésta se ha des­cu­bierto el arranque del arco original (fig. 12).

Fig.12 Antiguo arco de entrada

Como su capitel y dimensiones se repiten en el que da paso a las escaleras, era imaginable que el revoco de este último también ocultara un hermoso arco de ladrillo visto, aunque en las pri­me­ras catas sólo aparecía yeso. Cuando por fin se desnudó del to­do, salió a la luz el esperado arco... pero con la arista bárbaramente des­tro­zada (fig. 13).

Fig.13 Descubriendo el arco herido

Ha sido me­nes­ter completarla con ladrillos antiguos: los parapetos eli­mi­nados siguen pres­­tan­do gran­des servi­cios a la “obra extraña” de Don Gil (fig. 14).

Fig.14 Reposición de los ladrillos rotos

En la bóveda de la portería, donde siempre fue visi­ble un medallón central alusi­vo a la Ciencia, acaba de descubrirse un evanescente sarpullido de gro­tescos. Deco­ra­ciones inspiradas en las de las aparentes grotte de Ro­ma (la subte­rránea Domus Aurea entrevista por pintores espeleó­lo­gos) que Vasari reseña como “una spezie di pitture licenziose e ridicole molto”, pe­gan en una por­te­ría aproxi­ma­da­mente igual de poco que la imagen alegórica de la Ciencia en todo su esplen­dor. Claro está que esta sala sirvió antes para otra cosa.

Tanto su cambio de destino como la ruda mocheta del arco nos remiten según pienso a unas decisiones tomadas en 1587.

El 18 de septiembre de aquel año el circunspecto Rector Juan Díaz de Avilés pro­pu­so a la colegiatura ciertos cambios de imagen y estilo de vi­da. Lejos estaban los tiempos heroicos del Rector Gas­que: se decidió quitar del patio las lanzas y es­pa­das para poner­las en otro sitio más reservado y seguro, de modo que quien entra­ra en la casa no la viera cual castillo guerrero ni se diese ocasión a que los co­le­giales las em­pu­ñaran en domésticas rencillas (“ne Collegium intran­tibus, mi­li­tare Castel­lum ingredi videat, et ne oblata aliqua ocassione Col­legiales his armis in­ter se serviant.” Lib. Decr. I, p. 587v). Pero principalmente se trató de la entra­da y su custodia. Uno de los colegiales (Don Miguel Lanz, Fiscal Ge­neral del Es­ta­do mi­la­nés) persuadió a todos recordando cómo “in diebus prete­ri­tis” pudieron intro­du­cir­se sin estorbo los asesinos (proba­ble referencia al asesi­nato del Rec­tor casi un si­glo antes). Así se acordó construir “in introitu domus an­te scha­las... una porta (vul­go antepuerta)” cuya guarda encomendaría el Rector a un varón ‘de bien vivir y conciencia loable’ que apartara a la chiquillería rui­dosa (“pue­ros saltantes et stre­pitu facientes”) y respondiera a quienes pregunta­ran por al­gún colegial. En fin: que inventaron el portero y la portería. Si de aquella puer­ta no queda más vestigio que la herida del arco - antes oculta con yeso y ahora res­tañada -, el portero sigue y seguirá bajo el docto palio de La Ciencia, con un mo­te latino que dice por él: “A esta la amé y pretendí desde mi juventud” (“Ego dili­gen­tes me dili­go”, le responde con­movida la sapiente matrona).

Sea. Pero de no emularlos otros en quitarle a la casa su noble as­­pecto de cas­ti­llo militar, nos habrían ahorrado la fatiga de quitarle hoy tanto enlu­cido civil. Y aun­que el resultado es hermosísimo, algo echo de menos en el patio, entrando a la izquierda: las lanzas que escondió el Rector Díaz de Avilés.           

8 – 12 - 2000  

J. G. García Valdecasas y Andrada Vanderwilde, Rector


 

[1] Al subir el nivel del jardín (probablemente con la tierra excavada en 1521 para hacer el sótano o bodega) la capilla quedó condenada a permanentes humedades. En 1575 se acor­dó tan sólo “ut ex sacrestia extrehetur humiditas efodendo tres aut quatuor piedes terrae”.

[2] Descubiertos y publicados por el Rector Ortiz Millas, poco a po­co los frescos del pintor predilecto de Don Gil volvieron a desaparecer dejando el muro en blanco. Pero lo desvanecido era su supues­ta restauración, consistente en blanquear y pintar ex novo un mal temple de cola, cuya oxida­ción haría que los pigmentos acabaran desprendiéndose. Ya totalmente borrados, acháquese a regalo de la fortuna el antojo de buscar los frescos en donde no era razonable que estuvieran: debajo – y no encima – de la preparación de cal.

[3] En 1663 los frescos de las gestas de Don Gil ya estaban destruidos: se acordó pintarlos en lien­zos y enlucir los muros (11 de septiembre: Lib. Decr. IV, fol. 12r).

[4] Lib. Decr. I, fol. 35v in fine; III, fol. 55r, etc.

[5] En 1636 (a 3 de nov.) se decretó “ut... reficiatur claustrum cum suis picturis sicuti erat a prin­cipio” con el importe de la mitad de la cosecha de cáñamo (Lib. Decr. III, fol. 43v). Al año siguiente se hizo otro pago parcial a cierto “ Francisco pictori” (fol. 55v). En 1657 (1 agosto: fol. 183r) se re­novaron del todo las pinturas ‘pilistrylii’ (peristylii?).